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El Pozo de mi Silencio

 


Su risa inundó mi corazón.
Y su alegría disipó de él la tristeza,
mientras me mecía en una hamaca a la sombra
de los pinos, bajo el azul del cielo.

Sentí entonces cómo se agitaba el cielo
y la presencia de Dios fluía a través de mí.
Mi cuerpo entró en un sosiego total,
y el poder de mi silencio horadó mis entrañas
hasta hacer brotar un manantial inagotable.

Las burbujeantes aguas de mi pozo llamaron clamorosamente
a todas las criaturas sedientas que me rodeaban,
para que acudiesen a beber de mis inspiraciones.

Súbitamente, los labios azules del inmenso cielo
se sumergieron en el pozo de mi corazón.
Los árboles, las nubes pasajeras, las montañas,
la tierra y los planetas hundieron sus bocas
en el pozo de mi bienaventuranza.

¡ Todas las cosas creadas bebieron de mí !

Y luego, ya saciadas,
se hundieron en las aguas de mi inmortalidad.
Al tocar las transformadoras aguas de mi alma,
sus cuerpos densos se purificaron y tornaron luminosos.

Y así como los granos de azúcar se diluyen
en un vaso de agua burbujeante,
así se fundieron en el océano de mi silencio,
que todo lo disuelve, las nubecillas, las altas montañas,
los hermosos panoramas, las estrellas, los lagos, los mundos,
los arroyuelos de las mentes risueñas
y los serpenteantes ríos de los anhelos
de todas las criaturas que avanzan
por las sendas de innumerables encarnaciones.

Oh Divino Pastor de Percepción Infinita,
rescata mis pensamientos que se hallan perdidos
en el bosque de la inquietud, cual pobres corderillos
y condúcelos a tu redil de silencio.

Padre Amado, haz que las ascuas de mi devoción
resplandezcan eternamente con tu presencia.

Bienamado Dios, arranca el loto de mi devoción
de la ciénaga del olvido terrenal; decora con él tu pecho
y consérvalo en la memoria tuya
que permanece por siempre despierta.

Ante Ti, Padre Nuestro, me inclino, en el templo de los cielos,
en el templo de la Naturaleza y en las almas-templos
de mis hermanos los hombres.




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